jueves, 17 de septiembre de 2015

Errare humanum est

La visibilidad es el tema de moda desde hace años en los congresos y foros de traducción, pero a veces parece que las únicas ocasiones en las que se acuerdan de nosotros en los medios de comunicación es cuando nos equivocamos. No hay nada más peligroso que interpretar una rueda de prensa de un entrenador de fútbol en España. Como metas mínimamente la pata ya les has dado minutos para la sección cada vez más larga dedicada a "deportes" del telediario. Es cierto que se dedicarán a criticar al "traductor" pero esa ya es otra batalla.

Aquí dejo un ejemplo de hace unos años:



Esta semana los intérpretes (traductores) han vuelto a las noticias por la intérprete en la reunión que han mantenido ante la prensa el presidente Obama y el rey Felipe VI en Estados Unidos.



No voy a entrar en comentar el error o lo que podrían haber hecho mejor los intérpretes en los dos casos anteriores. Ya hay bastantes comentarios y seguramente saldrán más a lo largo de los próximos días. Tampoco voy a defender que los intérpretes no tienen la culpa, que son las condiciones, los nervios, las tarifas, etc. Cada caso es un mundo y sobre todo, los intérpretes no son más que personas y como tales se equivocan de tanto en tanto. Cuando estás formándote como intérprete te recalcan tanto el hecho de que tu interpretación debe ser perfecta, sin errores, con la terminología adecuada, el tono justo, la entonación agradable y el cuerpo relajado que parece imposible conseguirlo todo. No quiero decir con esto que todo valga ni que en el fondo la interpretación mediocre también se puede aceptar. Lo que intento exponer, quizás con escaso acierto, es que nuestro objetivo está claro: tenemos que ofrecer la máxima calidad posible y debemos practicar, estudiar y mejorar proyecto a proyecto para poder hacerlo. Ahora bien, no somos infalibles y nos equivocaremos en algunas ocasiones. La pena es cuando eso ocurre con los ojos del mundo atentos a cada palabra. Hay que saber que ciertos proyectos conllevan una mayor responsabilidad y ser conscientes de si somos o no capaces de afrontarlos.

Lo que más me interesaba ver en esta entrada es el tema de los errores y de cómo gestionarlos. No es que se haya escrito mucho sobre esto. Nos centramos más en las situaciones ideales y lo que debemos hacer, pero hay algunos artículos en la web de AIIC, como el de Eduardo Kahane (disponible en inglés y español) que mencionan el hecho de que los errores son uno de los indicadores de la calidad de la interpretación, si bien no el único, e incluso comentan detalles que los intérpretes con experiencia ya saben: si cometes un error pero sabes gestionar la voz y no hundirte al hacerlo, puedes salvar el trabajo.

Por ejemplo, al analizar la importancia del tono en la calidad de la interpretación dice lo siguiente:

En un estudio de laboratorio controlado (14), donde se comparan valoraciones de interpretaciones con entonación monótona o "melodiosa" con correspondencia de sentido total en unos casos y falta de correspondencia de sentido implantadas a propósito en la versión en otros, Collados obtiene valoraciones mas altas para las versiones de interpretación con presentación melodiosa y errores, que para las versiones monótonas con correspondencia total del sentido con el original.
Es decir, que los errores no tenían tanto peso si se empleaba un tono menos monótono y la voz transmitía cierta coherencia y seguridad.

También aporta un punto de vista interesante cuando habla sobre la percepción de los errores por parte del público:
La detección de errores también depende del grado de interés del usuario, que descarta como irrelevante mucha información, cosa que el intérprete no está en condiciones de hacer.
El intérprete no puede permitirse desconectar del discurso temporalmente como hace a veces el público si lo que escucha no le llama la atención. Esto enlaza con los ejemplos anteriores de la tele. Las palabras de los líderes políticos y los representantes de los países se analizan al detalle, más en un momento de elecciones. Lo de los entrenadores y jugadores de fútbol últimamente es prácticamente lo mismo, dado que este tipo de noticias ocupan mucho tiempo en los medios de comunicación.

Llegados a este punto toca mirarse en el espejo y confesar:

¿Quién no se ha equivocado alguna vez?

No vale contar siempre historias de éxito, hacer bien este trabajo lleva horas de práctica, muchas horas de estudio y alguna que otra metedura de pata de la que aprendes mucho. En una ocasión me contrataron para que interpretase la inauguración de una exposición. Al llegar me dijeron que solo tendría que interpretar una breve bienvenida de la responsable de la sala y luego acompañaría al artista durante la visita guiada con prensa. Había prensa nacional y extranjera, la sala estaba a reventar. La responsable de la sala me dijo que no era necesario tomar notas puesto que solo daría la bienvenida y daría paso al recorrido. Cometí el error de no sacar el cuaderno y el discurso duró casi diez minutos y estaba perlado de fechas, nombres y adjetivos. Ante el público debes mantener siempre la sangre fría y no puedes detener al ponente. Así que tocaba hacer un ejercicio de memoria y concentración. Estaba tan centrada en no olvidar nada relevante que cuando me tocó arrancar la consecutiva no me di ni cuenta de que estaba interpretando de nuevo todo lo dicho al castellano. Al cabo de unos minutos vi al jefe de prensa (el que me había contratado) con un cartel al fondo de la sala en el que había escrito: Al inglés. Como ya llevaba medio discurso, opté por terminar muy rápido ante la mirada atónita de la prensa española y tras decir "ahora al inglés", repetir toda la interpretación pero a la lengua correcta. Al terminar la visita quería cavar un hoyo y meterme dentro pero los periodistas extranjeros no parecían molestos y los nacionales se lo pasaron en grande haciendo bromas sobre mi excelente interpretación del castellano al castellano durante la visita. El cliente dijo que había quedado en una anécdota porque había reaccionado bien y había salvado la situación. Basta decir que he seguido trabajando con esa sala y que nunca se ha vuelto a repetir un error similar. No he vuelto a separarme del cuaderno ni en cabina por si las moscas.


Si es que ya lo decía Séneca, la clave no es no cometer errores, es aprender de los mismos para que no se repitan y no pensar que todo vale.

Errare humanum est, perseverare autem diabolicum
[ errar es humano, pero perseverar (en el error) es diabólico]

Ya lo decía Quino

martes, 8 de septiembre de 2015

El padre de dragones y otras traducciones (segunda parte)

¿Os habéis quedado con ganas de saber más sobre la experiencia profesional de Manuel de los Reyes? Tranquilidad, no pasa nada, aquí tenemos otra entrada para disfrutar con la traducción del género fantástico. Si aún no habéis leído la primera parte no sé a qué esperáis pero podéis encontrarla aquí.


- Como traductor de literatura, independientemente del género, la editorial juega un papel clave. ¿Qué tal ha sido tu experiencia en líneas generales? ¿Se valora la figura del traductor? ¿Se busca algo concreto en este tipo de libros o cualquier traductor literario puede lanzarse?

Se valora y no se valora, depende. En ese sentido he acumulado experiencias para todos los gustos. En líneas generales, las editoriales siguen considerando que la traducción es un gasto más que una inversión, prejuicio alimentado por la respuesta del grueso de consumidores (no digo ya únicamente «lectores», puesto que aquí lo que priman son los ejemplares vendidos más que los libros leídos), que no suele fijarse en quién ha traducido qué antes de poner el dinero encima de la mesa. Observo desde hace años, no obstante, una mayor tendencia a prestar atención a este aspecto por parte de esos dos colectivos, e incluso los mismos autores extranjeros se preocupan de leer como pueden las reseñas en otros idiomas de sus títulos traducidos y comentan públicamente o en privado lo bien o lo mal que se ha tratado su obra en otros países.
En mi caso (el cual, una vez más, sé que dista de ser representativo de nada), mi trabajo me ha granjeado muchas críticas positivas, no pocos encargos ex profeso y declaraciones de algún que otro autor que preferiría que fuese yo quien se encargarse de verter su obra al español. Por lo demás, cualquiera puede lanzarse a la piscina que le apetezca cuando más rabia le dé, pero el conocimiento previo de los temas que uno va a traducir (y la narrativa de género fantástico se compone de muchos, muchísimos «temas») sin duda va a allanarle el terreno, facilitarle las cosas, agilizar los distintos procesos de documentación, mejorar su productividad y, en definitiva, ahorrarle no pocos quebraderos de cabeza innecesarios.





- ¿Traductor nocturno o diurno? ¿Té o café para no perder el ánimo? y ¿música clásica, heavy o silencio absoluto para releer lo traducido en voz alta?

Nocturno, pero controlado. Café siempre, hasta que la muerte nos separe. Y la música que no pare nunca, adopte la forma que adopte: bandas sonoras, instrumentales, metal en todas sus formas, stoner rock, grunge, clásica, country, jazz… El silencio, como la procesión, va por dentro.


- Talleres presenciales de verano, cursos online, charlas en Barcelona en inmejorable compañía. ¿Hay interés por este tipo de traducción? ¿Qué tal es la experiencia como docente? ¿Crees que hay espacio en la universidad para tratar estos temas en el grado?

Hay un interés yo diría que inusitado. Hasta no hace mucho se tendía a demonizar el rol, por ejemplo (pertenezco a la generación apedreada a prejuicios por sucesos tan lamentables como los crímenes del «asesino de la katana»); los tebeos eran cosa de críos; las pelis de zombis había que verlas a horas intempestivas, los videojuegos constituían un vicio aceptable como regalo de comunión y poco más, disfrazarse de Batman para asistir a un salón del cómic era algo de lo que no tenía por qué enterarse todo el mundo y menos tu tío Chindasvinto el del pueblo… Cosas así. Ahora todo eso ha cambiado. Pero de forma radical, además.
Por una parte, los jóvenes que se incorporan al mercado laboral lo hacen inmersos en una cultura popular que se nutre de referencias a Death Note, Firefly o Robocop, hecho al que los aspirantes a traductores no son ajenos en absoluto; por otra, en el caso de las editoriales y las productoras de cine y televisión, por mencionar solo dos ejemplos muy representativos, se da la circunstancia de que, desde un punto de vista exclusivamente crematístico, resulta mucho más ventajoso tamizar el río hasta dar con la anhelada pepita del nuevo Harry Potter o la nueva Perdidos que invertir toneladas de dinero para publicitar el nuevo El gran Gatsby o la nueva Canción triste de Hill Street. Asistiremos en la gran pantalla a treinta reboots del origen de Spider-Man y otros tantos remakes de Terminator o Mad Max antes de ver una nueva adaptación de La reina de África o de Sonrisas y lágrimas, eso está claro.
El fantástico tiene un público fiel que mueve dinero (todo el dinero que se pueda mover en estos achuchados y austeros tiempos que corren, al menos), y en las altas esferas lo saben mejor que nadie, como atestigua el hecho fehaciente y fácilmente constatable, a poco que uno se tome la molestia de fijarse con un mínimo de detenimiento en los estantes de su librería predilecta, de que las pequeñas editoriales especializadas que hasta hace tan solo unos años se encargaban de traernos prácticamente todo el material de fantasía, ciencia-ficción y terror extranjero deban competir en desigualdad de condiciones, de un tiempo a esta parte, con el «interés» (en todas las acepciones de la palabra) y el mayor poder adquisitivo de los principales sellos de nuestro país.

Todo lo cual posibilita, asimismo, que grandes compañeras de fatigas como Cristina Macía, Pilar Ramírez Tello o Ana Alcaina, por ejemplo, hayan desfilado en los últimos años por el salón de actos de mi antigua alma mater para hablar a los alumnos de la facultad de TeI de Salamanca de lo que supone traducir títulos tan significativos como Juego de tronos, Los juegos del hambre o Artemis Fowl, respectivamente. Sin olvidar que el penúltimo Premio Nacional de Traducción se lo llevó Carmen Montes Cano por su trabajo en Kallocaína, de Karin Boye, una distopía clásica donde las haya. O que uno de los más recientes ocupantes de un sillón en la RAE sea Miguel Sáenz, traductor de (entre muchísimos otros títulos) La historia interminable. O que… Claro que habría espacio en la universidad para tratar la traducción de género fantástico en profundidad, e interés por parte de muchos alumnos, pero las cosas de palacio van despacio y de momento habremos de conformarnos con cursos, talleres, másteres y demás alternativas extracurriculares.




- ¿Cuál es el libro que más te ha costado (si puede decirse) o el que ha sido el mayor reto profesional? ¿Qué haces si el libro que traduces no te gusta (como lector)? ¿Es peor o mejor que te guste mucho? ¿Cuál es ese libro que se ha ganado un lugar en lo alto tu top 10? ¿Cuál es el libro que te habría gustado traducir o que te gustaría traducir si aún no se ha publicado? 

Ángeles asesinos, la novela sobre la Guerra de Secesión con la que Michael Shaara ganó el Pulitzer en 1975, supuso para mí un importante desafío estilístico, casi a la altura del barroquísimo ciclo de Viriconium, de M. John Harrison. También Isaac Asimov me ha planteado muchos retos, aunque todo el que me escuche decirlo no pueda por menos de enarcar siquiera una ceja; es lo que tienen las prosas engañosamente sencillas. El chip de aficionado a (apasionado de) la lectura, en cualquier caso, se me desactiva automáticamente cuando estoy trabajando: absolutamente todas las obras que pasan por mis manos reciben el mismo trato, con independencia de las estrellitas que a lo mejor me apeteciera ponerles en Goodreads, por ejemplo. Sí que es cierto que enfrentarse a un texto complicado pero seductor puede facilitar en ocasiones la laboriosa tarea de bregar con él un día tras otro, cual Sísifo con su roca y su pendiente, aunque lo más conveniente, profesionalmente hablando, es aparcar a un lado los gustos personales y embarcarse en cada nuevo encargo con la misma predisposición de neutralidad.
Mi Top 10 particular lo componen varios títulos: La chica mecánica y La bomba número seis, de Paolo Bacigalupi; Visión ciega y Ad astra, de Peter Watts; El don de la oportunidad, de Laird Barron; El ladrón cuántico, de Hannu Rajaniemi; El ciclo de vida de los objetos de software, de Ted Chiang; El rebaño ciego, de John Brunner… Pero si tuviera que nombrar a dos autores en particular con los que me topé durante los primeros compases de mi andadura profesional y que me abrieron mucho los ojos, profesionalmente hablando, estos serían Robin Hobb y Jonathan Carroll. Enumerar los porqués me llevaría demasiado tiempo y ocuparía demasiado espacio, pero es de justicia que quede al menos constancia escrita de ello. Si no los hubiera traducido cuando lo hice, tengo la certeza de que mi carrera no habría sido la misma.
En cuanto a libros que me hubiera gustado traducir, no tengo ni que pensármelo: La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski. Al final llegó a nuestro país con la voz de Javier Calvo, que sin duda ha realizado una inmensa labor ante la cual la mía no habría podido sino palidecer, pero sí que me hubiera gustado mucho verter esa novela, más que un fetiche para mí, a nuestro idioma. Muchísimo. Pero como eso ya no va a poder ser, mal que me pese, me conformaría con que alguna vez cayera en mis manos algún título de Stephen King, pasado, presente o futuro. Así que, si las autoridades competentes están leyendo esto y quieren hacer feliz a este humilde trujamán veterano pero con alma de niño, que sepan que ayudar a los demás a cumplir sus sueños da puntos de karma. Y además a puñados.

El traductor y sus libros



lunes, 7 de septiembre de 2015

El padre de dragones y otras traducciones (primera parte)

La fantasía está ahí fuera

Si habéis prestado atención alguna vez (un domingo, un fin de semana que llueve) a los programas de los congresos de traducción, en ocasiones uno puede ver patrones y tendencias, a lo especial primavera-verano de Vogue o Mulder cuando veía conspiraciones en todas las esquinas. A lo que me refiero con esto es que hay años en que se habla mucho de temas como branding, interpretación en servicios públicos, localización, audiodescripción y otros es la traducción de novela romántica o directamente erótica y en los últimos años se han colado en estos programas un montón de temas que antes ni se tocaban en las aulas magnas de las universidades y que sin embargo son parte de nuestro trabajo. En Alicante hubo una mesa entera dedicada a la traducción de franquicias: cómics, Marvel, DC, videojuegos, películas de superhéroes, etc.

Hace ya un tiempo pude publicar en el blog una entrevista a una editorial española, Fata Libelli, en la que hablaban de literatura fantástica y las procelosas aguas del mundo editorial. El verano pasado Nina nos contó su experiencia como alumna del taller de traducción que se impartió en Tarazona y por fin podemos seguir este camino con otra entrevista sobre la traducción del género fantástico y la ciencia ficción y ver si en realidad es una moda o un tema del que podemos hablar durante mucho tiempo (yo apuesto por la última opción).

Para hacerlo, tenemos el placer de contar con un traductor que ha peleado en importantes batallas y que cuenta con una lista muy envidiable de títulos traducidos a sus espaldas: Manuel de los Reyes.

El padre de robots, dragones y otros bichos

- La primera pregunta es un clásico en el blog: ¿qué hace un traductor como tú metido en un mundo lleno de seres imposibles, espadas, naves espaciales y otros bichos del querer? ¿Cómo arranca tu historia? 

Muchos compañeros cuentan que llegaron a la profesión de rebote, por azares del destino, por hacer algo mientras buscaban otra cosa, etcétera. En mi caso, la fascinación que la lengua inglesa ejercía sobre mí de jovencito y mi desmesurada afición por la lectura y la escritura se aliaron para convencerme de que traducir aquello que más me gustaba (los cómics, los juegos de rol y las novelas de género fantástico en todas sus vertientes) podía ser, no ya una forma de ganarse la vida como cualquier otra, sino, al menos para mí, la mejor. Con esa idea en la cabeza me presenté a los exámenes de acceso de Traducción e Interpretación en la Universidad de Salamanca, tras un par de años lejos de las aulas convencionales pero inmerso en la «escuela de la vida» durante los que aprendí mucho más de lo que podría ofrecer jamás ningún currículo académico. Superé dicha prueba y, entre 1996 y el 2000, me dediqué a perseguir ese sueño.
Corría el último año académico y yo me encontraba en Escocia, «disfrutando» de una exigua beca Erasmus que no hizo sino animarme a utilizar aquella cosa tan enigmática pero en apariencia repleta de posibilidades que la gente denominaba Internet. Puesto que sospechaba que desde que empezara a enviar solicitudes de empleo hasta que recibiese respuesta iba a pasar mucho tiempo, decidí abreviar la espera, me dirigí a la biblioteca de la Universidad de Glasgow, me abrí una dirección de correo electrónico, busqué la página web de la editorial que publicaba los juegos de rol a los que yo por aquel entonces era tan aficionado, escribí para resumirles más o menos quién era y cuáles eran mis intenciones… y a vuelta de correo recibí mi primer encargo, el Libro de Clan: Salubri, un suplemento para Vampiro: Edad Oscura.
Cuando regresé por fin a Salamanca para presentarme a los últimos exámenes de la carrera ya contaba en mi haber con tres manuales por el estilo. Lo cierto es que ni estaba realmente preparado para zambullirme tan de sopetón en el mercado laboral ni fueron unos primeros pasos tan sencillos como pueda dar a entender esta versión abreviada de lo ocurrido, pero el caso es que aquí sigo, quince años después, con un centenar largo de ISBN a mi nombre y ni una sola semana de parón laboral involuntario en todo este tiempo. Como sé que mi caso es poco representativo dentro de la profesión y, por añadidura, no soy nada desagradecido, procuro mostrarme tan cauto como optimista por lo que al futuro respecta cada vez que se me presenta la oportunidad de exponer mi caso particular ante todos aquellos, jóvenes y talluditos por igual, que en la actualidad comparten las ambiciones de aquel soñador, alocado e insensato veinteañero yo mío, tan afortunado él.

- ¿Has trabajado o trabajas como traductor de otros temas y géneros? Si la respuesta es sí, ¿existen diferencias significativas entre los encargos fantásticos y los mundanos? Y si la respuesta es no, ¿no te tienta el mundo Muggle?

He traducido de todo y, como se suele decir, volvería a hacerlo: narrativa contemporánea, novela histórica, rosa, negra y de todos los colores. He interpretado en congresos, localizado software, traducido publicidad… El canto de sirena que me atrajo hasta las exóticas costas de esta profesión, sin embargo, entonaba en mis oídos desde el principio melodías que evocaban seductoras imágenes de trasgos, marcianitos, hombres del saco y pulverizadas velocidades de escape, así que desde el principio mismo de mi andadura profesional me he dedicado a explorar y cartografiar minuciosamente esos territorios. Tras unos satisfactorios pero que me dejaban con ganas de más escarceos iniciales con los juegos de rol, los cómics y las franquicias noveladas, pronto me brindaron la oportunidad de traducir literatura fantástica hecha y derecha. Y fue exactamente tal y como yo siempre había soñado: una verdadera pasada.
Puesto que yo siempre he leído de todo pero sentía predilección por un género determinado, pensaba que las editoriales se regirían por los mismos parámetros: que publicarían de todo pero a mí me encargarían, con suerte, solamente títulos adscritos a un género determinado. Cuando ya llevaba un tiempo siendo así, no obstante, entre unos y otros me fueron abriendo los ojos a una desagradable sentencia categórica que, al parecer, todo el mundo menos yo veía con claridad meridiana: traducir siempre «lo mismo» equivale a encasillarse. La poderosísima sensación de rechazo e incredulidad que me sobrevino al experimentar aquella epifanía vicaria se convirtió en el motor hiperlumínico que habría de impulsarme con más brío que nunca, y ya para siempre, a adoptar una actitud que desde entonces ha dictado prácticamente todas mis decisiones profesionales: dado que el género fantástico no solo es que no tenga nada que envidiar a los demás, sino que algunos de los títulos adscritos al mismo se cuentan entre las obras más reconocidas de la historia de la literatura, no cabe hablar de encasillamiento, sino de especialización.
Entre la traducción de narrativa fantástica y la de otros géneros literarios existe una diferencia fundamental, íntimamente relacionada con la carga de imaginación e inspiración que haya volcado cada autor sobre su obra. Quien más quien menos escribe con un estilo determinado, más o menos enrevesado; quien más quien menos te obliga a documentarte acerca de un tema concreto, más o menos abstruso; pero solo el escritor de literatura fantástica te obliga a abrir de par en par las puertas de la cripta donde sin dormir yace eternamente la creatividad y sondear esas fértiles profundidades para desenterrar las prendas más insospechadas y espectaculares con la que engalanar tu trabajo. Es una labor muy exigente, a veces, ora extenuante, ora ingrata… pero no la cambiaría por nada en el mundo.

Algunas de las joyas de la corona


- Los neologismos, los juegos de palabras no son más que algunos de los enemigos de este género, enemigos con los que ya has peleado en varias ocasiones. ¿Qué pasa por la mente de un traductor cuando se encuentra con uno de esos palabros que se inventan los escritores? ¿Podemos hablar de los nombres de los personajes/castillos/animales/espadas que tienen un significado en inglés? ¿Qué se puede hacer con esos regalos envenenados?

Se pueden hacer tantas cosas… Lo primero que conviene preguntarse, a la hora de resolver este tipo de problemas, es si el escenario en el que transcurre la acción comprende la lengua del autor o no. En la Tierra Media del Señor de los Anillos, por ejemplo, un mundo imaginario en el que nadie habla inglés porque ni siquiera existe Inglaterra (ni ningún otro país conocido), está claro que dejar que cierto hobbit se llame Baggins en su traducción al español no tendría sentido. Quizá luego Bolsón guste más o menos, pero al menos respeta la idea del original. Si la acción transcurre en nuestra realidad, aunque esta contenga elementos netamente fantasiosos, la cosa cambia. Motes y sobrenombres, emplazamientos geográficos, cargos públicos, bebidas y especialidades culinarias… todo tiene su porqué y su porqué no cuando de verter palabras extranjeras (neologismos o no) a nuestro idioma se trata. Por lo que a mí respecta, decisiones exclusivamente mercadotécnicas y editoriales mediante, si se puede traducir, se traduce.
El papel de verdadero «enemigo» del género, empero, no se lo atribuiría yo a los neologismos (¡si es donde está toda la gracia!) sino a los anacronismos, un adversario mucho más sutil e insidioso al que, en ocasiones, no se le presta la debida atención. ¿Puede ser «maquiavélico» alguien que vive en un universo en el que nadie ha oído hablar nunca de Maquiavelo, por ejemplo? ¿Qué sentido tendría que los pobladores de una colonia alienígena emplazada en los confines de la galaxia utilizaran expresiones como «de Perogrullo» o «meterla por toda la escuadra»? A veces estos anacronismos vienen marcados de antemano por el original, intencionadamente o no, pero como traductores conviene estar alerta y tener los ojos bien abiertos en todo momento para que no se nos escape ninguno demasiado improcedente, so pena de sacar al lector de la historia.

 - Si una cosa ha quedado clara tras escuchar a Cristina Macía es que los fans de este tipo de literatura son seres apasionados, entregados y que no perdonan una si consideran que la traducción no se adapta a sus expectativas. La exigencia de calidad puede ser un aspecto positivo pero también un tanto agobiante ahora que con internet tienes foros especializados, booktubers, etc. ¿Cuál ha sido tu relación hasta ahora con los lectores? ¿Alguna historia curiosa? ¿Te subirías a una mesa del Celsius a hablar de tu traducción con los fans delante?

De mil amores, pero solo si antes me invitaran a hacerlo, que a uno le falta algún que otro tornillo, pero no tantos. El caso es que en el Celsius aún no he tenido ocasión de participar como ponente en ninguna mesa, pero sí en un par de Hispacones, y la respuesta de los asistentes no podría haber sido más positiva. A lo largo de los años he concedido entrevistas en la radio, impartido talleres y cursos para otros compañeros de gremio, expuesto algunas de mis vivencias y teorías en librerías, hablado en público ante propios y extraños… pero conversar con los lectores cara a cara, de tú a tú, es una de esas cosas que no se pueden comprar con dinero. Puesto que ya he sido cocinero antes que fraile, o aficionado antes que profesional, por una parte me resulta especialmente enriquecedor escuchar sin intermediarios los comentarios y observaciones que suscita en los lectores el estado actual de la traducción editorial en España; por otra, muchas de las dudas que se expresan durante los turno de ruegos y preguntas en este tipo de acontecimientos me permiten analizar y explorar los entresijos de esta profesión nuestra por fuerza someramente pero con una espontaneidad que, al menos por lo vivido hasta la fecha, el público agradece a su vez.
En cuanto a anécdotas… las tengo para todos los gustos, claro. Me considero una persona accesible y siempre respondo a todos los mensajes que recibo en privado, ya sea por email, mediante privados en las redes sociales, a través del formulario de contacto de mi página web, etcétera, lo cual a lo largo de los años me ha llevado a entablar muchos y muy curiosos intercambios de impresiones con los lectores. Creo que estos, aun a riesgo de generalizar, ignoran hasta qué punto influye realmente su opinión en las decisiones que podemos llegar los distintos eslabones que componemos las largas cadenas editoriales. En el momento de escribir estas líneas, sin ir más lejos, acabo de cerrar un compromiso para traducir varios libros a lo largo de los próximos meses, quizá años, después de que la editorial que los publica en España escuchara las críticas negativas que estaba recibiendo la traducción de los primeros volúmenes de la serie y decidiera intervenir activamente para atajarlas. Aun sin proporcionar más detalles ni nombres, creo que este ejemplo ilustra a la perfección lo que decía antes.
Para terminar, aunque el tema daría para hablar mucho más largo y tendido, me gustaría añadir que cuando más satisfechos se muestran los clientes y los lectores por igual, según mi experiencia, es cuando uno se muestra deontológicamente respetuoso, no con ellos ni con el autor, sino con la obra en cuestión. Acercarse con profesionalidad al texto conlleva automáticamente que las demás partes implicadas sientan que se les está dispensando un trato favorable que suele traducirse, a su vez, en críticas elogiosas, reseñas positivas y trabajo continuado.

- Un fenómeno que ha sucedido con los libros de Harry Potter y Juego de Tronos (y muchos más) es que los lectores que hablan idiomas aprovechan que ya han leído el original y se lanzan a hacer su propia traducción para los que no hablan más que su lengua. Un poco como los fansubs de las series. ¿Te ha pasado? ¿Supone un problema para el traductor o no tiene la menor relevancia?

No me ha pasado, pero conozco a varios compañeros que sí se han visto en esa tesitura y algunos de ellos coinciden en la preocupación que supone tener que evitar de forma activa el tropezarse con esas traducciones hechas por y para aficionados, so pena de que acaben insinuándose en sus decisiones terminológicas o estilísticas más adelante, siquiera involuntariamente.

[Y hasta aquí podemos leer...la primera parte. En breve se publicará el resto de la entrevista]